Psicología de emergencias ante catástrofes: cuando también hay que atender las heridas invisibles

Cuando ocurre una catástrofe, las primeras imágenes suelen mostrar edificios destruidos, incendios, inundaciones, accidentes o equipos de rescate trabajando contrarreloj. Vemos ambulancias, bomberos, policías y personal sanitario intentando proteger vidas y reducir las consecuencias de lo sucedido.

Sin embargo, hay otra dimensión de las emergencias que no siempre resulta tan visible: lo que ocurre en la mente de las personas que están viviendo esa situación.

El miedo, la desorientación, la incertidumbre, la angustia por los familiares o la dificultad para comprender lo que acaba de suceder forman parte de la experiencia de muchas personas afectadas por una emergencia. En ocasiones, el impacto emocional aparece inmediatamente; otras veces, sus consecuencias se hacen más evidentes durante los días o semanas posteriores.

En esos momentos, la psicología de emergencias desempeña una función específica. No se trata simplemente de ofrecer consuelo, ni de iniciar una terapia convencional en mitad de una catástrofe. Se trata de proporcionar una intervención psicológica adaptada a una situación excepcional, ayudar a las personas a recuperar cierta estabilidad y facilitar que puedan afrontar lo que está ocurriendo.

En Castilla y León contamos con un ejemplo de esta labor: el Grupo de Intervención Psicológica en Desastres y Emergencias (GRIPDE), vinculado al Colegio Oficial de Psicología de Castilla y León y coordinado con los dispositivos de emergencia de la comunidad.

¿Qué es la psicología de emergencias?

La psicología de emergencias es el ámbito de la psicología que interviene ante situaciones críticas que pueden desbordar los recursos habituales de afrontamiento de una persona, una familia o una comunidad.

Puede ser necesaria después de un accidente grave, un incendio, una inundación, un atentado, una catástrofe natural, un accidente con múltiples víctimas o cualquier acontecimiento que genere una amenaza importante para la integridad física y emocional de las personas.

Aunque cada emergencia tiene características particulares, muchas comparten una circunstancia fundamental: la ruptura repentina de la sensación de seguridad y de la continuidad de la vida cotidiana.

Hasta ese momento, una persona puede tener una percepción relativamente estable de su entorno. Sabe dónde vive, con quién cuenta, qué hará al día siguiente y qué puede esperar de las próximas horas. Una catástrofe puede alterar todo eso en cuestión de minutos.

De repente, aparecen preguntas para las que no existen respuestas inmediatas: ¿estoy a salvo?, ¿dónde están mis familiares?, ¿qué ha ocurrido?, ¿podré regresar a mi casa?, ¿qué va a pasar ahora?

La intervención psicológica busca ayudar a las personas a afrontar esa ruptura, atendiendo tanto a sus necesidades emocionales como a sus circunstancias prácticas y sociales.

No pretende eliminar todas las reacciones de miedo o tristeza. En una situación de peligro real, esas respuestas pueden ser comprensibles. El objetivo es evitar que la desorganización propia de la emergencia aumente innecesariamente el sufrimiento y favorecer unas condiciones que permitan afrontar la situación con mayor seguridad y apoyo.

¿Cómo reacciona psicológicamente una persona ante una catástrofe?

No existe una única forma de reaccionar ante una experiencia traumática. Dos personas que han vivido el mismo acontecimiento pueden mostrar respuestas muy diferentes, incluso cuando ambas han estado expuestas a un peligro similar.

Algunas reacciones frecuentes son las siguientes.

1. Miedo intenso y sensación de amenaza

El miedo es una respuesta natural ante un peligro. Puede ayudar a detectar amenazas y movilizar recursos para protegerse.

Sin embargo, cuando la situación es extrema, la activación emocional puede dificultar la atención, la toma de decisiones y la capacidad para organizar la conducta. La persona puede sentirse desbordada, actuar de forma impulsiva o tener dificultades para comprender las instrucciones que recibe.

2. Desorientación y sensación de irrealidad

Algunas personas describen la experiencia como si estuvieran viviendo una película, como si les costara creer que aquello está sucediendo realmente.

También pueden aparecer confusión, dificultades para concentrarse, sensación de bloqueo o problemas para recordar determinados momentos del suceso.

Estas respuestas no permiten, por sí solas, establecer un diagnóstico. Deben comprenderse dentro del contexto de la emergencia y valorarse según su intensidad, duración y repercusión.

3. Angustia por los familiares y necesidad de información

En muchas catástrofes, una de las mayores fuentes de sufrimiento es no saber qué ha ocurrido con las personas queridas.

La espera, la falta de información y la imposibilidad de contactar con familiares pueden mantener un estado de alerta constante. En esas circunstancias, facilitar información fiable cuando esté disponible, orientar a las personas y ayudar a organizar el contacto con sus familiares puede tener un valor psicológico considerable.

4. Reacciones físicas y emocionales

Palpitaciones, temblores, llanto, tensión muscular, náuseas, dificultad para dormir o una intensa inquietud pueden aparecer ante situaciones de gran amenaza.

También es posible que algunas personas permanezcan aparentemente tranquilas o que reaccionen emocionalmente más tarde.

La ausencia de una reacción visible no significa necesariamente que no exista sufrimiento, del mismo modo que una reacción intensa no implica automáticamente que vaya a desarrollarse un trastorno psicológico.

5. Culpa, impotencia y duelo

Quienes sobreviven a una catástrofe pueden experimentar culpa por haber sobrevivido, por no haber podido ayudar a otras personas o por decisiones tomadas bajo una enorme presión.

Cuando se producen fallecimientos, el duelo se desarrolla en circunstancias especialmente difíciles, a veces acompañado de incertidumbre, exposición a escenas traumáticas o cambios drásticos en las condiciones de vida.

En estos casos, la intervención debe respetar los tiempos de cada persona, evitando imponer explicaciones, exigir fortaleza o presionar para que hable de lo ocurrido antes de estar preparada.

¿En qué consiste la intervención psicológica inmediata?

Una de las ideas más importantes de la psicología de emergencias es que la primera ayuda psicológica no consiste en hacer psicoterapia convencional en el lugar de la catástrofe.

La prioridad es responder a las necesidades inmediatas de la persona, valorar su situación y facilitar condiciones básicas de seguridad, orientación y apoyo.

Los primeros auxilios psicológicos constituyen un enfoque de ayuda humana, práctica y respetuosa con las necesidades, la cultura y los recursos de cada afectado.

Entre sus principales actuaciones se encuentran las siguientes:

  • Favorecer la seguridad: ayudar a que la persona se encuentre en un lugar protegido y pueda identificar los recursos de emergencia disponibles.
  • Ofrecer orientación: proporcionar información comprensible y ayudar a organizar los siguientes pasos cuando sea posible.
  • Escuchar sin presionar: permitir que la persona exprese sus preocupaciones si lo desea, sin obligarla a narrar los detalles de lo ocurrido.
  • Atender las necesidades prácticas: facilitar la identificación de familiares, el acceso a recursos básicos o la conexión con los servicios correspondientes.
  • Favorecer el apoyo social: ayudar a recuperar el contacto con personas de confianza y evitar, cuando sea posible, que los afectados permanezcan aislados.
  • Identificar necesidades especiales: detectar a quienes necesitan una atención más intensiva, como personas con una gran desorientación, menores sin acompañamiento o afectados con necesidades médicas o psicológicas urgentes.

La intervención se adapta a cada situación. A veces, una persona necesita ayuda para comprender qué debe hacer a continuación. En otros casos, necesita que alguien la acompañe mientras espera noticias de un familiar.

No siempre es necesario hablar extensamente sobre lo ocurrido. En las primeras horas, recuperar cierta orientación y disponer de información fiable puede ser más importante que intentar elaborar emocionalmente la experiencia.

Los primeros auxilios psicológicos no garantizan que se eviten todas las secuelas, pero pueden facilitar el afrontamiento inicial y la conexión con los apoyos necesarios.

La importancia de acompañar a las familias y a los profesionales de emergencia

Cuando pensamos en las víctimas de una catástrofe, solemos imaginar a quienes han sufrido directamente el accidente o han perdido su vivienda.

Sin embargo, el impacto psicológico puede extenderse a otras personas.

Los familiares pueden permanecer durante horas o días pendientes de noticias, intentando comprender lo sucedido y afrontar la posibilidad de una pérdida. En ocasiones, necesitan ayuda para recibir información especialmente dolorosa o para acompañar a otros miembros de la familia.

La intervención psicológica puede facilitar ese proceso, respetando la intimidad de las personas y evitando generar falsas expectativas o promesas que no puedan cumplirse.

También es necesario considerar a quienes intervienen en la emergencia. Sanitarios, bomberos, policías, personal de Protección Civil y otros profesionales pueden estar expuestos a escenas de gran intensidad emocional, decisiones difíciles y condiciones de trabajo exigentes.

Esto no significa que todos vayan a desarrollar problemas psicológicos. Sí significa que sus necesidades deben tenerse en cuenta, con medidas de apoyo adecuadas, formación, supervisión cuando corresponda y acceso a atención profesional si aparecen dificultades persistentes.

La capacidad de respuesta de un dispositivo de emergencia depende, en parte, de que se atiendan las necesidades de quienes prestan ayuda.

¿Puede una catástrofe provocar un trastorno psicológico?

Una experiencia traumática puede tener consecuencias psicológicas importantes, pero no todas las personas desarrollan un trastorno después de vivir una catástrofe.

Durante los primeros días pueden aparecer reacciones de estrés postraumático, alteraciones del sueño, imágenes intrusivas, miedo, tristeza, irritabilidad o dificultades para recuperar la rutina. Algunas de estas respuestas disminuyen progresivamente a medida que la persona recupera seguridad y dispone de apoyo.

En otros casos, los síntomas persisten, interfieren de forma significativa en la vida cotidiana o se intensifican con el paso del tiempo. Entonces puede ser necesario realizar una evaluación clínica y valorar si existe un problema que requiere tratamiento.

Entre las posibles consecuencias se encuentran el trastorno de estrés postraumático, los trastornos de ansiedad, los síntomas depresivos o las dificultades relacionadas con el duelo. Su aparición depende de múltiples factores: las características del acontecimiento, las pérdidas sufridas, la exposición al peligro, los apoyos disponibles y la historia personal, entre otros.

Por eso, es importante evitar dos errores opuestos: considerar que cualquier reacción emocional constituye una enfermedad o asumir que todas las personas superarán lo ocurrido sin necesidad de ayuda.

La atención psicológica posterior debe ajustarse a las necesidades reales de cada persona, sin patologizar las reacciones humanas esperables y sin minimizar las dificultades que pueden requerir tratamiento.

¿Qué podemos hacer si una persona cercana ha vivido una catástrofe?

Si alguien de nuestro entorno ha vivido una emergencia, no necesitamos encontrar las palabras perfectas. A menudo, lo más útil es ofrecer una presencia tranquila y una ayuda concreta.

Podemos empezar por comprobar si está a salvo, preguntarle qué necesita y facilitarle información fiable cuando dispongamos de ella.

También conviene evitar algunas respuestas habituales que, aunque suelen expresarse con buena intención, pueden resultar poco útiles:

  • «Tienes que ser fuerte».
  • «Lo importante es que estás vivo, no pienses en lo demás».
  • «Ya ha pasado, tienes que olvidarlo».
  • «Sé exactamente cómo te sientes».

Estas frases pueden transmitir, sin pretenderlo, que la persona debería controlar sus emociones o que su sufrimiento no tiene suficiente justificación.

En su lugar, podemos decir: «Estoy aquí contigo», «No tienes que resolverlo todo ahora» o «¿Hay algo concreto en lo que pueda ayudarte?».

No se trata de forzar una conversación emocional, sino de ofrecer apoyo sin imponer cómo debe sentirse la otra persona.

Si presenta una desorientación intensa, no puede mantenerse a salvo, tiene dificultades graves para funcionar o aparecen otros signos de alarma, es importante solicitar ayuda profesional o sanitaria según la urgencia.

Después de la emergencia: reconstruir la sensación de seguridad

Cuando finaliza la fase más inmediata de una catástrofe, el impacto psicológico no desaparece necesariamente.

La persona puede regresar a su vivienda y seguir sintiéndose insegura. Puede haber recuperado el contacto con sus familiares y continuar experimentando miedo ante cualquier noticia relacionada con lo ocurrido. También puede descubrir que la experiencia ha alterado sus prioridades, sus relaciones o su forma de interpretar el mundo.

La recuperación no consiste en volver exactamente al punto anterior, como si nada hubiera sucedido. En ocasiones, implica reconstruir rutinas, adaptarse a pérdidas reales y encontrar nuevas formas de afrontar una realidad que ha cambiado.

El acompañamiento social, la recuperación de cierta estabilidad cotidiana y la posibilidad de acceder a atención psicológica cuando sea necesaria pueden contribuir a ese proceso.

En consulta, el trabajo terapéutico posterior puede centrarse en comprender las reacciones que se han mantenido, recuperar actividades que la persona ha abandonado, abordar la evitación, trabajar los recuerdos traumáticos cuando esté indicado y reconstruir una sensación de seguridad compatible con lo vivido.

No todas las personas necesitan el mismo tipo de intervención ni el mismo tiempo. La respuesta debe ser individualizada y estar guiada por una evaluación clínica adecuada.

La psicología también forma parte de la respuesta ante una catástrofe

Una catástrofe pone a prueba mucho más que la capacidad material de una comunidad para responder a una situación extrema. También pone a prueba sus redes de apoyo, sus mecanismos de coordinación y su capacidad para acompañar a quienes han perdido, de forma repentina, parte de su seguridad.

La psicología de emergencias recuerda que las personas no solo necesitan ser rescatadas, atendidas físicamente o trasladadas a un lugar seguro. En determinados momentos, también necesitan orientación, información comprensible, acompañamiento y ayuda para afrontar una experiencia que puede resultar difícil de asimilar.

Grupos especializados como el GRIPDE muestran la importancia de integrar la atención psicológica en los dispositivos de emergencia, en coordinación con el 112 y con los demás profesionales implicados.

Porque, cuando ocurre una catástrofe, atender a las personas significa también reconocer su sufrimiento, respetar sus reacciones y ofrecerles las condiciones necesarias para empezar a reconstruir su vida.

No siempre es posible evitar el dolor que deja una tragedia. Pero sí podemos trabajar para que nadie tenga que afrontarlo sin apoyo.

Preguntas frecuentes sobre psicología de emergencias

¿Qué hace un psicólogo de emergencias?

Ofrece apoyo psicológico adaptado a situaciones críticas, ayuda a las personas afectadas a recuperar orientación, identifica necesidades urgentes y facilita el acceso a recursos de apoyo. También puede colaborar en la atención a familiares y en el apoyo a otros profesionales intervinientes.

¿Cómo se activa la atención psicológica en una catástrofe?

La movilización de equipos especializados se realiza a través de los procedimientos y canales de coordinación establecidos con los servicios de emergencia. El 112 es el número al que debe llamarse ante una situación urgente que requiera asistencia.

¿Es normal tener ansiedad después de una catástrofe?

El miedo, la inquietud, las dificultades para dormir y otras reacciones de estrés pueden aparecer después de una experiencia traumática. Su significado depende de la intensidad, la duración y el impacto sobre la vida cotidiana. Si persisten, empeoran o generan una gran interferencia, conviene solicitar una valoración profesional.

¿Todas las personas que viven una catástrofe necesitan terapia psicológica?

No. Algunas personas recuperan progresivamente su estabilidad con apoyo social y condiciones de seguridad. Otras necesitan atención psicológica especializada. Lo adecuado es valorar las necesidades individuales sin patologizar automáticamente las reacciones esperables ni minimizar el sufrimiento persistente.

Referencias y recursos institucionales


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Sobre el autor de este artículo

Javier Barreiro Santamarta es Licenciado en Psicología por la Universidad de Salamanca, Psicólogo General Sanitario en Salamanca colegiado nº CL-3735. Máster en Psicología Clínica cognitivo-conductual, Máster en Terapia Breve Centrada en Soluciones y Máster en Recursos Humanos.

Javier Barreiro

Javier Barreiro Santamarta es Licenciado en Psicología por la Universidad de Salamanca, Psicólogo General Sanitario en Salamanca colegiado nº CL-3735. Máster en Psicología Clínica cognitivo-conductual, Máster en Terapia Breve Centrada en Soluciones y Máster en Recursos Humanos.

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